QUINTA ETAPA VALENCIA-SANTIAGO, a cargo de los Pepes, Pep
de L’HORTA
-
¡Cuatro mil y es suya...!
-
Ni hablar. Mil y este hermoso cuadro con pedal y
todo.
-
¿Esa birria de cuadro? Si no vale más de tres
cientas…
-
¿Cómo que no? ¿Es que no ha visto que lleva los
dos platos y todos los piñones?
- ¡Menuda indigestión! Ni que fueran platos del Astoria.
Como el resto del equipo espera
con los calapiés puestos, la operación se cierra brevemente con hora y media
más de forcejeo. Por fin adquirimos en el taller, donde nos habían parcheado
las máquinas averiadas, una de segunda mano y los restos de la de recambio…
Ya en la bicicleta el viento nos
hace una jugarreta: nos sopla en contra a 40 km. / hora. Eso sí que es cosa de
hombres, y no lo que anuncian por ahí… Ni las múltiples averías, ni las caídas
detienen a los corajudos colistas. Solamente el castillo de Olite, con su añeja
belleza, es capaz de romper el pelotón: el cicloturismo ha calado hondo en
nuestros espíritus, unos los del “turismo”, se embelesan más de la cuenta
contemplando su preciosa arquitectura, y otros, los del “ciclo”, cansados de
esperar, se amotinan por primera y única vez, y aprovechando el viento en
contra y la creciente oscuridad enfilan hacia la meta: BARASOAIN.
El pueblo en cuestión es muy
fácil de encontrar: los primeros hemos pasado de largo y nos ha tocado volver
atrás, otros han llegado al pueblo vecino, la furgoneta ha equivocado la ruta y
D. Luis Miró, profesor de Filosofía y jefe de intendencia, debe hallarse ya
cerca de Sebastopol. Le vimos pasar hace horas en un camión con la bici
averiada.
Barasoain es un pueblecito
encantador, materialmente pegado a su gemelo y rival, Garinoain. Cada pueblo
intenta por todos los medios aventajar al otro, aun en lo más trivial.
El Secretario de Barasoain, que
recibió nuestra carta pidiendo alojamiento, va y nos dice:
-
“Antes, aquí había muchos pajares y graneros,
pero ya no queda ninguno. Ahora tenemos d’esas
máquinas ultramodernas que siegan, trillan, embalan la paja y meten el
grano en sacos”.
Abundando en estos metafísicos
motivos, nos acompaña a casa del Alcalde del otro pueblo por si podía
habilitarnos unos barracones.
-
¡Qué barracones ni qué niño muerto! - nos dice
entonces Rosario – esta noche vais a darme el gusto de dormir todos conmigo, en
mi casa. Rosario, peludo y fornido mocetón, es el Sr. Alcalde de Garinoain.
-
Si me hubierais escrito a mí, en vez de a estos,
os busco sitio en el Parador a cuenta del Ayuntamiento.
-
Sí, sí, pero a cenar vengan al bar de Barasoain,
- tercia el Secretario – el café y la copa están pagados.
Así lo hacemos, cocinando a la
luz de un farol la segunda paella de la serie. Servidos los platos, invitamos
al secretario para que deguste nuestro guiso.
-
¡Hombre, estupendo! Así probaré la auténtica
paella valenciana, hecha por valencianos… Pero no me sirvan carne, que ya vengo
cenado, ¿eh?
La conversación trata esta vez de
los problemas comunes al campo valenciano y navarro, cuando, de repente:
-
Oigan, y allí en Valencia ¿usan unos
insecticidas muy fuertes?
-
Pues sí, porque abundan las plagas en la huerta
– contesta incautamente el espabilado chófer.
-
No, no. Si lo digo por este par de moscas que me
han salido en el plato…
-
Che, claro. Aún le pasa poco. Mira que no querer carne. ¡La paella hay
que tomarla con carne de volátil, hombre!
La oportuna
llegada de D. Luis con cara de pocos amigos, cambia el destino de las
carcajadas. Ha tenido que cambiar cinco veces de vehículo para regresar de
Pamplona, donde equivocadamente le había llevado el camión.
Rosario,
cumpliendo su palabra, nos proporciona la cuadra para dormir y unos magníficos
sacos de nitrato a guisa de sábanas. ¡Hoy sí! ¡Hoy sí que estamos durmiendo
bien!:
No perturban
nuestro sueño / ni los relinchos del jaco / ni los ladridos del perro / ni los
rebuznos del asno / ni los gruñidos del cerdo. (con perdón) Pep de L’HORTA.
CRÓNICA DE LA QUINTA ETAPA, a
cargo del Ángel de la guarda.
Veo levantarse a Luis y Ángel muy
temprano. Dan una vuelta por la ciudad. Merece la pena. Preparan el desayuno.
Salen con retraso de varias horas. Hay que arreglar las bicis. Definitivamente
“El Belga” hijo ha fallado lastimosamente. No se ha juntado al grupo. Sí que lo
ha hecho Gómez Pérez senior con su moto. Tampoco Genovés, por accidente de
coche sin consecuencias personales. Falta nos hace el mecánico, porque no me
voy a meter yo en esas cosas. Ángel compra una bicicleta de segunda mano y
renuevan tubulares.
La etapa que sobre el papel es
llana y sencilla se convierte en una etapa infernal por obra del viento, que
sopla constantemente en dirección contraria con fuerza de unos 20 a 30 km.
/hora. Caídas de Ángel, Pepe y Gómez Pérez. Averías. Martínez Gómez, Aparisi
“el Ministre” y ayudantes se portan muy bien como mecánicos de repuesto. Hoy es
el día negro, el día fatal. Luis hace pinitos en bici para que alguno descanse.
Resiste 10 km. y se sube a un camión con bici y todo. Esperará en Olite. O en
Barasoain. En Arguedas paran un poco a pegar tubulares y descansar. En
Caparroso (rectifican la ruta) comen en el Casino Nuevo. Es naturalmente un
viejo casino. Hablan con el maestro y amigos del Sr. Merino. El Sr. Merino es
el padre de un salesiano amigo del Cate. Saludan a Alberto Merino. Entran en
Olite. Algunos ven el Castillo. Por primera vez hay rotura de grupo. Hay
nervios. La noche se echa encima y el jefe de expedición se retrasa demasiado.
Hasta allí la marcha ha sido magnífica, con gran sentido de equipo y ayuda al
desfallecido y enfermo José García Roig. Llora de dolor, pero no se apea de la
bicicleta. Le apoyan todos. Después de Olite, el Cate que ha ido siempre en
cabeza, rompiendo el viento, pide el relevo. Ya no puede más.
El segundo grupo llega hacia las
ocho a Barasoain. Luis se ha pasado de largo. El Secretario del pueblo les
habla de las máquinas agrícolas
ultramodernas que no dejan paja y dejan a los pueblos sin cobertizos donde
albergar a 24 jóvenes peregrinos. Les lleva a Garinoain a buscar cobertizos.
Están los dos pueblos juntos. El Sr. Rosario, Alcalde de Garinoain, se lamenta
de no haber recibió la carta de aviso porque hubiese buscado sitio en el
Parador a cargo del Ayuntamiento. Ofrece su casa.
-
Coño, bienvenidos, - exclama.
Qué bien suena ese taco en labios
de un alcalde señorial, sencillo, cristiano y navarro. Los de Barasoain se
animan.
-
El bar es vuestro.
Los míos hacen paella para cenar.
Hay animación y expectación. Y comentarios favorables sobre Valencia. Muchos la
conocieron en la guerra.
Narciso, María Teresa y Sagrario
han venido desde Pamplona a planear la estancia de los ciclistas en la ciudad
en fiestas de San Fermín. Han traído pañuelicos rojos para todos. Es un
detalle. Se les va el cansancio a los chicos. Buena paella. El Sr. Secretario
de Barasoain acepta un poco de paella “para probarla, sin trozos de volátil”.
Habla de los insecticidas fuertes de Valencia. Pepe muerde el anzuelo. El
Secretario le muestra dos moscas, las únicas y las primeras que caen en una
paella hecha por el Cate. Tal vez el farol las ha atraído y han caído en el
caldo. Pero lo chusco es que le hayan salido las dos al Sr. Secretario de
Barasoain. Las máquinas ultramodernas. Lo sentimos y nos reímos. La cena ha
sido suculenta. Pero todo termina demasiado tarde. Se van a dormir a las 12.30.
Dormir tan tarde sobre un colchón de sacos de nitrato vacíos es demasiado duro
para recuperarse.
BARASOAIN Y GARINOAIN: Tierra de
casas antiguas, / Barasoain, verdes prados, / se sentaron en tus sillas /
parientes de San Ignacio, / tus blasones, tus escudos / se miraron en tus
campos. / En Garinoain hay gentes / de corazones muy anchos, / como las tierras
lejanas, / con los verdísimos prados. / Huevos fritos en tus casas / saben a
mil buenos platos.
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