sábado, 5 de septiembre de 2020

QUINTA ETAPA VALENCIA - SANTIAGO.

 

QUINTA ETAPA VALENCIA-SANTIAGO, a cargo de los Pepes, Pep de L’HORTA

-          ¡Cuatro mil y es suya...!

-          Ni hablar. Mil y este hermoso cuadro con pedal y todo.

-          ¿Esa birria de cuadro? Si no vale más de tres cientas…

-          ¿Cómo que no? ¿Es que no ha visto que lleva los dos platos y todos los piñones?

-          ¡Menuda indigestión! Ni que fueran platos del Astoria.

Como el resto del equipo espera con los calapiés puestos, la operación se cierra brevemente con hora y media más de forcejeo. Por fin adquirimos en el taller, donde nos habían parcheado las máquinas averiadas, una de segunda mano y los restos de la de recambio…

Ya en la bicicleta el viento nos hace una jugarreta: nos sopla en contra a 40 km. / hora. Eso sí que es cosa de hombres, y no lo que anuncian por ahí… Ni las múltiples averías, ni las caídas detienen a los corajudos colistas. Solamente el castillo de Olite, con su añeja belleza, es capaz de romper el pelotón: el cicloturismo ha calado hondo en nuestros espíritus, unos los del “turismo”, se embelesan más de la cuenta contemplando su preciosa arquitectura, y otros, los del “ciclo”, cansados de esperar, se amotinan por primera y única vez, y aprovechando el viento en contra y la creciente oscuridad enfilan hacia la meta: BARASOAIN.

El pueblo en cuestión es muy fácil de encontrar: los primeros hemos pasado de largo y nos ha tocado volver atrás, otros han llegado al pueblo vecino, la furgoneta ha equivocado la ruta y D. Luis Miró, profesor de Filosofía y jefe de intendencia, debe hallarse ya cerca de Sebastopol. Le vimos pasar hace horas en un camión con la bici averiada.

Barasoain es un pueblecito encantador, materialmente pegado a su gemelo y rival, Garinoain. Cada pueblo intenta por todos los medios aventajar al otro, aun en lo más trivial.

El Secretario de Barasoain, que recibió nuestra carta pidiendo alojamiento, va y nos dice:

-          “Antes, aquí había muchos pajares y graneros, pero ya no queda ninguno. Ahora tenemos d’esas máquinas ultramodernas que siegan, trillan, embalan la paja y meten el grano en sacos”.

Abundando en estos metafísicos motivos, nos acompaña a casa del Alcalde del otro pueblo por si podía habilitarnos unos barracones.

-          ¡Qué barracones ni qué niño muerto! - nos dice entonces Rosario – esta noche vais a darme el gusto de dormir todos conmigo, en mi casa. Rosario, peludo y fornido mocetón, es el Sr. Alcalde de Garinoain.

-          Si me hubierais escrito a mí, en vez de a estos, os busco sitio en el Parador a cuenta del Ayuntamiento.

-          Sí, sí, pero a cenar vengan al bar de Barasoain, - tercia el Secretario – el café y la copa están pagados.

Así lo hacemos, cocinando a la luz de un farol la segunda paella de la serie. Servidos los platos, invitamos al secretario para que deguste nuestro guiso.

-          ¡Hombre, estupendo! Así probaré la auténtica paella valenciana, hecha por valencianos… Pero no me sirvan carne, que ya vengo cenado, ¿eh?

La conversación trata esta vez de los problemas comunes al campo valenciano y navarro, cuando, de repente:

-          Oigan, y allí en Valencia ¿usan unos insecticidas muy fuertes?

-          Pues sí, porque abundan las plagas en la huerta – contesta incautamente el espabilado chófer.

-          No, no. Si lo digo por este par de moscas que me han salido en el plato…

-          Che, claro. Aún le pasa poco. Mira que no querer carne. ¡La paella hay que tomarla con carne de volátil, hombre!

La oportuna llegada de D. Luis con cara de pocos amigos, cambia el destino de las carcajadas. Ha tenido que cambiar cinco veces de vehículo para regresar de Pamplona, donde equivocadamente le había llevado el camión.

Rosario, cumpliendo su palabra, nos proporciona la cuadra para dormir y unos magníficos sacos de nitrato a guisa de sábanas. ¡Hoy sí! ¡Hoy sí que estamos durmiendo bien!:

No perturban nuestro sueño / ni los relinchos del jaco / ni los ladridos del perro / ni los rebuznos del asno / ni los gruñidos del cerdo. (con perdón)   Pep de L’HORTA. 


CRÓNICA DE LA QUINTA ETAPA, a cargo del Ángel de la guarda.

Veo levantarse a Luis y Ángel muy temprano. Dan una vuelta por la ciudad. Merece la pena. Preparan el desayuno. Salen con retraso de varias horas. Hay que arreglar las bicis. Definitivamente “El Belga” hijo ha fallado lastimosamente. No se ha juntado al grupo. Sí que lo ha hecho Gómez Pérez senior con su moto. Tampoco Genovés, por accidente de coche sin consecuencias personales. Falta nos hace el mecánico, porque no me voy a meter yo en esas cosas. Ángel compra una bicicleta de segunda mano y renuevan tubulares.

La etapa que sobre el papel es llana y sencilla se convierte en una etapa infernal por obra del viento, que sopla constantemente en dirección contraria con fuerza de unos 20 a 30 km. /hora. Caídas de Ángel, Pepe y Gómez Pérez. Averías. Martínez Gómez, Aparisi “el Ministre” y ayudantes se portan muy bien como mecánicos de repuesto. Hoy es el día negro, el día fatal. Luis hace pinitos en bici para que alguno descanse. Resiste 10 km. y se sube a un camión con bici y todo. Esperará en Olite. O en Barasoain. En Arguedas paran un poco a pegar tubulares y descansar. En Caparroso (rectifican la ruta) comen en el Casino Nuevo. Es naturalmente un viejo casino. Hablan con el maestro y amigos del Sr. Merino. El Sr. Merino es el padre de un salesiano amigo del Cate. Saludan a Alberto Merino. Entran en Olite. Algunos ven el Castillo. Por primera vez hay rotura de grupo. Hay nervios. La noche se echa encima y el jefe de expedición se retrasa demasiado. Hasta allí la marcha ha sido magnífica, con gran sentido de equipo y ayuda al desfallecido y enfermo José García Roig. Llora de dolor, pero no se apea de la bicicleta. Le apoyan todos. Después de Olite, el Cate que ha ido siempre en cabeza, rompiendo el viento, pide el relevo. Ya no puede más.

El segundo grupo llega hacia las ocho a Barasoain. Luis se ha pasado de largo. El Secretario del pueblo les habla de las máquinas agrícolas ultramodernas que no dejan paja y dejan a los pueblos sin cobertizos donde albergar a 24 jóvenes peregrinos. Les lleva a Garinoain a buscar cobertizos. Están los dos pueblos juntos. El Sr. Rosario, Alcalde de Garinoain, se lamenta de no haber recibió la carta de aviso porque hubiese buscado sitio en el Parador a cargo del Ayuntamiento. Ofrece su casa.

-          Coño, bienvenidos, - exclama.

Qué bien suena ese taco en labios de un alcalde señorial, sencillo, cristiano y navarro. Los de Barasoain se animan.

-          El bar es vuestro.

Los míos hacen paella para cenar. Hay animación y expectación. Y comentarios favorables sobre Valencia. Muchos la conocieron en la guerra.

Narciso, María Teresa y Sagrario han venido desde Pamplona a planear la estancia de los ciclistas en la ciudad en fiestas de San Fermín. Han traído pañuelicos rojos para todos. Es un detalle. Se les va el cansancio a los chicos. Buena paella. El Sr. Secretario de Barasoain acepta un poco de paella “para probarla, sin trozos de volátil”. Habla de los insecticidas fuertes de Valencia. Pepe muerde el anzuelo. El Secretario le muestra dos moscas, las únicas y las primeras que caen en una paella hecha por el Cate. Tal vez el farol las ha atraído y han caído en el caldo. Pero lo chusco es que le hayan salido las dos al Sr. Secretario de Barasoain. Las máquinas ultramodernas. Lo sentimos y nos reímos. La cena ha sido suculenta. Pero todo termina demasiado tarde. Se van a dormir a las 12.30. Dormir tan tarde sobre un colchón de sacos de nitrato vacíos es demasiado duro para recuperarse.

BARASOAIN Y GARINOAIN: Tierra de casas antiguas, / Barasoain, verdes prados, / se sentaron en tus sillas / parientes de San Ignacio, / tus blasones, tus escudos / se miraron en tus campos. / En Garinoain hay gentes / de corazones muy anchos, / como las tierras lejanas, / con los verdísimos prados. / Huevos fritos en tus casas / saben a mil buenos platos.

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